Voy a llegar tarde pero me da igual - pensaba mientras esperaba en el andén del metro de Colón-. Mis otros congéneres se movían azarosos por entre la masificada línea que separa la vía y los anuncios de perfumes caros que cubren las paredes del suburbano. Me repetía una y otra vez aquellas palabras calculadas, profundamente meditadas también la noche anterior, para no salirme ni por un instante del discurso que tenía programado. Aspiraba a sorprenderle, hacerle ver que mi posición era inamovible, y que por muchos miles de euros que me ofreciera, jamás renunciaría a la parte que me correspondía de la herencia de mi abuelo.

El viejo sindicalista exiliado en Venezuela había muerto años atrás. Hijo de un terrateniente y militante falangista extremeño, encarnaba el drama ruin que dividió a muchas familias durante y después de la Guerra. Cuando volvió a España encontró que  todo lo que quedaba de su familia eran unos nombres labrados en las lápidas de un cementerio, una hacienda destartalada y miles de hectáreas de una finca baldía que llevaba su apellido de alto abolengo. Finca Álvarez de Enríquez.

Murió una tarde nublada de agosto, una de esas tardes en que el bochorno lo impregna todo de su olor a tierra húmeda y los truenos anuncian una suerte de tormenta frugal que apenas alivia la sed del campo abrasado por el sol. Vivió solo y solo murió. A veces el destino es demasiado congruente con quienes se han pasado la vida jodiendo a los demás. Toda la familia se alegró. Y yo no fui una excepción.

Mi abuelo siempre fue parco en palabras. Y yo, siguiendo el extraño camino marcado por una doble hélice de ADN, había heredado de él esa forma de ser que suscita tanta desconfianza en la gente. Aunque nunca me quiso, quizá ese reflejo de sí mismo en mi modo de actuar durante las inevitables reuniones familiares le llevó a sentir una cierta empatía a la que nunca correspondí, pero que nunca me fue indiferente.

Mi discurso estaba planeado. En el trayecto aflojé el nudo de mi corbata y me dije que aquella partida de ajedrez acabaría con un triunfo de mi ejército sobre el de Eduardo.

Eduardo era mi hermanastro. Regentaba un negocio de compra-venta inmobiliaria y necesitaba aferrarse a un clavo ardiendo para no sucumbir a la crisis económica que asolaba el país durante aquel 2008. Y a ese clavo ardiendo lo llamaba la finca del viejo.

El viejo murió solo, pero podrido de un dinero que haría estremecerse al banquero más acostumbrado a las cifras plagadas de ceros. A pesar de su activismo marxista antes de salir de España, en cuanto atisbó la posibilidad de negocio comenzó a medrar entre la pudiente sociedad venezolana de mediados del siglo XX. La finca fue en realidad un quebradero de cabeza en cuya rehabilitación invirtió muchos millones de pesetas. Movido por la nostalgia puso todo su empeño para que recuperara el esplendor del que había sido testigo en su juventud. O eso creímos todos. Sucumbió a su propia egolatría y se erigió en el mismo señor feudal que había sido su padre.

Me bajé en San Bernardo y metí una mano en el bolsillo del pantalón. Esta vez no me proponía fumar un cigarro 15 minutos después de haber apagado el anterior, necesitaba recordarme que tenía las de ganar, que era fiel a mí mismo y que le estaba siendo fiel a ella. Por eso me aferré a aquella varilla de oro que mi abuela me regaló en prueba de la sutil complicidad que compartimos por un instante una tarde de invierno.

En la Navidad de 1979 yo tenía 13 años, y como cada 24 de diciembre habíamos ido a Cáceres para hacer acto de presencia ante las paredes de la enorme y fría hacienda que mi padre se empeñaba en no perder a pesar del odio que tenía hacia el viejo. Años antes nos habíamos instalado en el piso que mi madrastra tenía en el Barrio de Salamanca y que nunca me acostumbré a compartir con aquella madre y aquel hermano tan ajenos a mí como el abuelo rico y desnaturalizado que molió a palos a su mujer hasta el mismo día de su muerte en la planta de una clínica para enfermos de Alzheimer.

El ritual siempre había sido el mismo año tras año desde que tengo uso de razón. Caras amargas al subir al coche en Madrid, dos besos huecos sin cariño en las mejillas rasuradas del viejo, conversaciones banales en el sofá del  salón, silencios incómodos durante la opulenta cena, y ganas obscenas de acabar a  toda prisa para terminar con aquella farsa cuanto antes. Al día siguiente, y tras dormir en la húmeda y fría cama que me era asignada, repetíamos la misma función de hipocresía, ahora de despedida, para conducir hasta la clínica en donde mi abuela estaba ingresada. La mujer de mi padre y Eduardo siempre esperaban en la cafetería. Ella decía que le repugnaba ver la cara desencajada y enfermiza de mi abuela mientras mi padre le repetía una y otra vez si sabía quién era él. Siempre odié a esa mujer, ella lo sabía aunque nunca me despreció. Toda su ambición era no perder su condición de mantenida, y aunque mi padre era consciente de ello, como todos los hombres, él también necesitaba una mujer a su lado.

Aquella visita respondía igualmente a un concierto establecido en que mi padre siempre acababa llorando y al final me pedía que le diera el regalo a la abuela. Pero aquella visita fue diferente de todas las demás. Y también fue la última.

Cuando llegué al restaurante Eduardo me esperaba en la barra del bar. Tomaba algo que me pareció Vermouth acompañado de unas aceitunas negras. Nos saludamos fríamente con un rápido apretón de manos y yo comencé a ponerme nervioso al sentir la arrolladora seguridad de comercial que demostraba en cada sílaba, en cada movimiento, en cada gesto de su cara. Sin embargo cometió un error, y soliviantó mis ánimos cuando con desprecio aludió a la muerte de mi padre como si fuera el premio gordo de la Lotería de Navidad. Corté su discurso preguntando al camarero si nuestra mesa estaba lista, él apuró su copa y como tratando de recuperar el liderazgo en aquel enfrentamiento, se adelantó para coger sitio junto a la ventana. Hasta que nos sirvieron el primer plato yo había permanecido condescendiente a sus batallitas de hombre de éxito, y entonces comenzó. Sabes que estás en desventaja, mi madre y yo tenemos dos tercios de la finca,  tu parte no es imprescindible para construir el campo de golf, pero - e hizo una pausa que yo aproveché para introducir de nuevo la mano en mi bolsillo y tocar aquel alfiler - estamos dispuestos a comprar tu parte, por un precio razonable, claro está. ¿Y si no quiero vendérosla? Ah, sabes que necesitas ese dinero más que nada en este mundo.

Y era verdad. Algunos nacen con estrella y otros nacen estrellados. Eduardo siempre había sido un chico seguro de sí mismo, mal estudiante, pero con un extraordinario don de gentes que le había granjeado una innumerable ristra de amigos de los que se aprovechó para sacarse una de esas carreras con nombre y con futuro. Yo, sin embargo, había preferido dedicar mis estudios y mi vida a un oficio duro y mal pagado, aunque explosivamente gratificante, el de arqueólogo.

Aquel día de Navidad de 1979, cuando una de las enfermeras acudió a mi padre para pedirle que bajara al aparcamiento pues otro coche se había empotrado contra el suyo, el azar quiso que fuera solo yo quien le diera a mi abuela su regalo de Navidad. Era el momento que más me agradaba pues como si de una niña pequeña se tratara, sus ojos se abrían como platos, su sonrisa se ensanchaba en su rostro moreno y arrugado, y sus manos devoraban el papel rojo con muñecos de Papá Noel para descubrir una cajita de madera tallada artesanalmente, que pasaría a formar parte de su innumerable colección. Luego, como si de aquello sí guardase memoria, la abría con entusiasmo y cogía uno de los bombones de chocolate que habíamos metido dentro. Me ofreció uno alargando hacia mí el brazo que sostenía la cajita, y yo cogí uno para guardarlo en el bolsillo de mi abrigo.

Pasaron algunos minutos y yo me impacientaba por  la tardanza de mi padre y por la sensación de que el coche no estaría en buen estado para volver ese mismo día a Madrid. Entonces mi abuela se levantó, me cogió de la mano, me sacó de la sala donde estábamos y me arrastró por un luminoso pasillo hasta una habitación que supuse sería la suya. Me soltó la mano y se dirigió a una ventana, descorrió las cortinas y la gris luz del invierno iluminó la estancia y un sinfín de cajitas de madera que esperaban en el alféizar a su nueva compañera de colección. Me quedé paralizado, se volvió hacia mí, que aguardaba en el umbral de la puerta, y me llamó. Pronunció mi nombre. Y lo pronunció una vez más seguido de un “ven”. Me acerqué despacio, conmocionado por aquella muestra de lucidez que estaba presenciando, su frágil mano acarició mi cabeza y del bolsillo de la bata que llevaba sacó una llave con la que abrió una de las cajitas de madera. De entre todas, para mí era la caja más fea, pero sin duda guardaba en su interior un tesoro que cambiaría mi vida para siempre. Toma, mi regalo - me dijo. Del oscuro fondo de la caja sacó un pequeño alambre dorado, yo lo cogí -. Es un tesoro, un tesoro antiguo. ¿Dónde lo encontraste? En la finca, cerca de la encina grande. Y hay mucho más. Pero no se lo puedes decir a nadie. Es un secreto.

Mi padre apareció en la habitación, rápidamente guardé aquel alfiler junto con el bombón de chocolate, y nos despedimos de mi abuela, aunque entonces ninguno de los dos sabíamos que lo hacíamos para siempre.

Con el tiempo indagué en el secreto que mi abuela me había confiado. En la finca del viejo hay un tesoro, los restos de una importante ciudad visigoda que hasta entonces se daba por desaparecida. Aquel feo alambre de oro es parte de la fíbula con la que un guerrero de estirpe señorial prendía una tosca capa que imagino púrpura. Y esa ciudad visigoda está en mi parte de la finca. Aunque eso Eduardo no lo sabía.

Durante el segundo plato siguió haciéndose fuerte en la extrema necesidad de dinero en que yo me hallaba. Pronunció una cifra a la que no presté atención. Ante mi impasibilidad pronunció otra que supongo sería mayor. Y dejé que prolongara su monólogo hasta que finalmente, y según mis designios, perdió los nervios y golpeó el puño contra la mesa. Le tenía donde quería. Quería dilatar lo máximo posible aquella gozosa sensación de control, de victoria. Quería devolverle todo el egoísmo, toda la indiferencia, todos los reproches y todos los abusos que había vertido contra mí desde el primer día que fuimos presentados. Quería venganza, lo reconozco. Y la tuve. Encendí un cigarrillo para acentuar más su desesperación. Le miré fijamente y le dije hijo de puta no tienes nada. Abrió los ojos hasta que pude percibir el contorno de sus globos oculares y entonces solté mi discurso, ése que había estado elaborando durante tanto tiempo, ése en el que me había regocijado en tantas noches de soledad. Y me dije, esto va por ti, abuela. No me creyó cuando le expliqué que había dado permiso a la Junta de Extremadura para comenzar prospecciones en mi lado de la finca y que según la normativa vigente sus terrenos podían ser expropiados. Escupió todos los tacos del mundo sobre su copa de vino y me sentí feliz por verle humillado. Me amenazó con mandar un sicario de madrugada al portal de mi casa y una carcajada brotó hilarante de mi garganta. Elucubró un plan para mandar diez mil excavadoras a destruirlo todo y emplazar su verde y maravilloso campo de golf, pero la declaración de patrimonio ya me había encargado de tramitarla y eso solo le habría supuesto la cárcel. Así fue como finalmente conseguí que me suplicara, así que saciado de triunfo saqué mi cartera y le pedí la cuenta al camarero. Volvió a insultarme, pero sus insultos eran la prueba más palpable de su triste derrota.

Aquella tarde conduje mi coche hasta el cementerio de la familia y junto a la tumba de mi abuela deposité el  desencadenante de esta historia. Lo había conseguido, había vengado su suerte junto al maldito viejo, su suerte con aquella terrible enfermedad, y mi suerte ante un pasado hostil y un futuro incierto. Hoy tengo esa misma enfermedad que padeció mi abuela, podría decir que soy rico, pero a pesar de ir perdiendo mis recuerdos poco a poco, no podría decir que soy feliz.

Zoilo Andrés©

12/07/2008

¿De qué podría hablar un viernes por la noche, con el cansancio de la semana a cuestas y el calor aplastando la atmósfera de mi habitación?

Hoy no quiero pensar y prefiero dejar que mis dedos vayan nutriendo de palabras esta hoja en blanco, aunque sean divagaciones intrascendentes, o sea, chorradas de un pringao que está en su casa un viernes por la noche. Amén.

Sí, hoy no tenía plan. Así que he decidido formar un contubernio informático, que no judeo-masónico como decía Paquillo el Gran Usurpador, entre mi antiguo PC, mi nuevo portátil y un servidor. Odio Windows Vista. Así, tan bonito, tan moderno, tan dinámico, tan interactivo, tan organizado, tan colosal…, “qué agobio, hija” (sic), pero tan jodidamente ineficiente en compatibilidades con sus sistemas operativos predecesores, programas, consumo de los recursos del sistema y muchas otras cosas más que seguro que se me revelan con el uso.

Soy un hedonista, lo reconozco. Tecleo un portátil de 1.300 pavos mientras fumo un cigarro y tomo una copita de Oporto con Denominación de Origen. Solo me falta una guarra que me la chupe mientras escribo “chupe”. ¿En qué me he convertido? Soy un producto más del capitalismo feroz, un pelele seducido por las bondades del sistema, un náufrago que ha perdido el rumbo en un vasto océano llamado Internet.

No me importa, esto es todo fachada. Me mantengo íntegro por dentro. Sirvo para mantener a grandes empresas que se ocupan de la gente pobre mediante eso que llaman “responsabilidad corporativa”. Qué hipocresía. Qué gran avance desde el siglo XIX. Damos la espalda a los que no tienen nada, enjugamos nuestras lágrimas en artículos de lujo, y para lavar nuestras insanas conciencias inventamos conceptos vagos, huecos y nulos como la “responsabilidad corporativa”. Y nos ocupamos del tercer mundo, y del medio ambiente, y de la seguridad en el trabajo. Somos extraordinarios, como dice el anuncio de Aquarius.

A mi perro le huele el aliento. Está subido en mi cama, mientras olisquea el aire fresco que entra por la ventana. Bosteza y expide un hedor nauseabundo de su boca perruna con sarro. Es viejo, debéis comprenderle. Ahora salta y se marcha.

A veces me gustaría ser perro. Ah, pero el perro de una familia capitalista, no cualquier chucho desnutrido con el que unos niños somalíes se ensañan tirándole piedras. Eso es una vida perra. Yo escogería la vida cómoda y feliz de un perro urbano y europeo. Eso es garantía de futuro a pesar de la crisis. Perdón, recesión.

El Oporto se me terminó hace algunas líneas. Mientras escribo, todas mis fotos se van copiando y mi querido Windows Vista las visualiza aleatoriamente en una pequeña pantalla en mi escritorio. Aparecen fotos que ya tenía olvidadas, de mis viajes por el Este de Europa, de mis amigos europeos, blancos y ricos como yo.

A veces me gustaría ser Bill Gates y aparecer en África con su tez blanca y su porte primermundista para repartir fajos de billetes entre las empresas “responsables corporativamente” para que ejecuten sus proyectos de ayuda al desarrollo. ¡Viva el 0,7%! “Qué falta de respeto, qué atropello a la razón” (Sabina).

Quedan 22 minutos y 50 segundos para que algunas de esas fotos terminen por fin de copiarse. Pero creo que voy levantando el chiringuito de divagaciones por hoy.

Tened cuidado, por si viene el Coco.

¡Salud!

ZOI

El lenguaje nos hace humanos.

No solo porque la capacidad del habla ha desarrollado nuestro cerebro, sino porque la necesidad de comunicarnos y socializarnos y, especialmente, de poder entender y explicar el extraño mundo que nos rodea, requiere de un refinado código para ello. Pero pese a esta sorprendente capacidad para comunicar lo que vemos, lo que sentimos o lo que aprendemos, somos incapaces de entendernos pues nos topamos con la barreras subjetivas de aquel a quien nos dirijimos. Esas son barreras imposibles de franquear sin un poco de paciencia para explicarlo todo de nuevo.

Para la mitología judeo-cristiana hubo un tiempo en que la Humanidad formaba un solo pueblo que hablaba una única lengua. Y esa masa homogénea, globalizada, que hacía de su arrogancia su más visible estandarte, se creía poderosa, infalible, capaz de llevar su propia idiosincrasia hasta lo más alto del cielo para desafiar a un dios al que se creían capaces de superar…

“Toda la tierra hablaba una misma lengua y usaba las mismas palabras. Al emigrar los hombres desde oriente, encontraron una llanura en la región de Senaar y se establecieron allí. Y se dijeron unos a otros:La dispersión de Babel /Pieter Brueghel El Viejo

- Vamos a hacer ladrillos y a cocerlos al fuego.

Emplearon ladrillos en lugar de piedras, y alquitrán en lugar de argamasa; y dijeron:

- Vamos a edificar una ciudad y una torre cuya cúspide llegue hasta el cielo; así nos haremos famosos y no nos dispersaremos sobre la faz de la tierra.

Pero el Señor bajó para ver la ciudad y la torre que los hombres estaban edificando, y se dijo: “Todos forman un solo pueblo y hablan una misma lengua; y éste es solo el principio de sus empresas; nada de lo que se propongan les resultará imposible. Voy a bajar a confundir su idioma para que no se entiendan más los unos a los otros”.

De este modo, el Señor los dispersó de allí por toda la tierra y dejaron de construir la ciudad. Por eso se llamó Babel, porque allí confundió el Señor la lengua de todos los habitantes de la tierra, y desde allí los dispersó por toda su superficie”.

Génesis (11, 1 - 9)

Esta es una bonita alegoría de la lengua como vehículo de conocimiento y de comunicación. Y de lo que los seres humanos somos capaces de lograr de forma conjunta y con el avance y difusión de la ciencia (representada en el texto por la tecnología constructiva), esto es, emular a dios, sus obras y prodigios.

Por supuesto el primitivo chamán que de forma oral fue transmitiendo este mito hasta que a un judío se le ocurrió escribirlo en la Torá no era nada tonto, y hasta tenía algo de visionario

Yo espero que construyamos la torre más alta sin pagar el precio de destruirnos a nosotros mismos y a nuestro planeta. Eso sí nos llevaría a la dispersión.

Salud,

ZOI

Esta tarde he estado en el Caixa Forum Madrid, aún no lo había visitado y tengo que decir que me parece una actuación de restauración y actualización del edificio original admirable.

Caixa Forum MadridDe entre las salas que hay a lo largo de las plantas que conecta la serpenteante escalera, me he detenido en “Canal Visual”, una sala de proyecciones en donde estaban pasando un documental sobre fotógrafos que han hecho historia. Se trataba de la serie de documentales de los años 80 de ETB, “La puerta abierta”, y dada mi afición por la fotografía, me he sentado en una de las innumerables sillas vacías que languidecían en la penumbra de la sala.

Trataba del trabajo de maestros como el húngaro André Kertész, el alemán August Sander, o la norteamericana Dorothea Lange. Todos ellos nacidos a finales del siglo XIX, y por tanto gente que se curtióAlbert Sander con cámaras manuales, objetivos sin zoom, líquido revelador, y lo que es mejor fotografía en blanco y negro. El documental venía acompañado de entrevistas o imágenes de estos genios, en las que detallaban su visión de esta afición, que en su caso se convirtió por suerte también en oficio.

Al acabar y salir de la sala de proyecciones, y mientras vagaba por el fascinante auditorio en donde una voz en off relataba la vida y obra de Josep Pla, he estado pensando en los puntos en común que me unen a la visión de estos fotógrafos, y en cómo percibo yo la fotografía desde la profana y humilde posición de un aficionado.

Si bien es cierto que la fotografía depende no solo del ojo que hace la toma, como del ojo que luego la contempla; pienso que cuando miro un objeto, un paisaje, una escena, trato de capturar aquel detalle al que me induce mi estado de ánimo o mi experiencia vital o mis gustos méramente subjetivos…

No lo había pensado nunca hasta hoy pero es cierto, para el fotógrafo la fotografía está hecha antes de Dorothea Langedisparar la cámara. Y cuanto más desarrollada esté la idea de fotografía que uno quiere en un determinado momento, tanto mejor será el resultado final en cuanto a encuadre, composición o perspectiva. No entro en otros temas más técnicos como la luz…

La cámara es una máquina extraña, porque no solo captura un instante, también subyuga el entorno a una escena concreta. Recorta y da una visión subjetiva del mundo que nos rodea. Obvia detalles que están ahí, a la vez que enaltece otros que habrán desaparecido. Es una devoradora de momentos efímeros y de gestos involuntarios.

El documental finalizaba con una frase de Dorothea Lange, de la que me voy a apropiar para terminar esta entrada de hoy. Porque nada más lejos de la realidad, “la cámara es un instrumento que te enseña a mirar sin la cámara”.

Salud,

ZOI

¿Y qué le importa a nadie cómo está mi alma? Más triste que el silencio, y más sola que la luna. Y qué importa ser poeta o ser basura.

Robe (Extremoduro)

Algunos sentiréis extrañeza al contemplar la imagen que acompaña esta entrada; otros, un escalofrío;Carta número XIII algunos total indiferencia; y espero que los que más, curiosidad.

En el Tarot la carta número XIII significa un cambio, una transformación, un paso adelante para dar comienzo a nuevas cosas que están por venir. La muerte en sí es, para la mayoría de las religiones y creencias que pueblan este planeta, también una etapa más en un camino aún más largo que la propia vida mundana.

La Ley de Conservación de la Energía afirma que la energía no se crea ni se destruye, sólo se transforma.

Y una de mis citas favoritas, del poeta cordobés Luis Jiménez Martos, “Vivir es resistir cambiando”, enlaza con estos principios, esotéricos y científicos, ambos con la misma base filosófica: si a algo estamos destinados es precisamente a permanecer en constante cambio, a no resignarnos al inmovilismo, a hacer frente a los desafíos adaptándonos a las circunstancias. Porque el que no se adapta a los cambios del medio en que habita, pierde el tren de la evolución.

En estas lides me encuentro, en un cambio mucho menos poético, tan solo un cambio de trabajo, pero un cambio, al fin y al cabo, que no puede dejar de suscitar incertidumbre, pero que augura si impera el optimismo, un futuro mejor que el pasado que siempre queda atrás. Permanecen los recuerdos y las personas. De eso se aprende. Con eso me quedo.

Salud,

ZOI

Acabo de ver La Soledad, la película ganadora del Goya en 2007, obra de Jaime Rosales, y no he podido evitar lanzarme al teclado porque algo tenía que decir.

Me ha gustado muchísimo. El recurso tan comentado de partir la pantalla en dos para situar la misma escena desde perspectivas y puntos de vista diferentes, creo que es un gran acierto para una película que trata de mostrar, en esencia y a mi parecer, cómo las relaciones humanas son efímeras y todos de manera inexorable estamos destinados a redimir la soledad que nos acompaña desde el mismo momento de nuestro nacimiento.

La Soledad / Jaime RosalesEl silencio, la atmósfera, la luz, el ruido de fondo, los diálogos pausados; son elementos repetitivos a lo largo de toda la película. Parecerá que esto puede resultar tedioso. En absoluto lo es. El acontecimiento terrible que ocurre, que marca un punto y aparte en la historia, y que no voy a desvelar por si alguien aún no la ha visto, te apresa y te sumerge en una tensión constante, pues no sabes en qué momento toda esa calma se romperá por un hecho trágico.

Todos reconoceremos situaciones, personas o diálogos que de algún modo o de otro habremos conocido en nuestras vidas. Parecen cotidianos e irrelevantes, pero forman parte de un círculo ininteligible del que somos protagonistas. Es esa sensación casi esotérica, el fatum que llamaban los antiguos romanos, el hado irremediable al que estamos sujetos, el efecto mariposa, la rueda de la fortuna.

Una película imprescindible, dura, pero absolutamente recomendable. Tenéis que verla.

Salud,

ZOI

Cuando el Rey Minos de Creta ordenó a Dédado el constructor erigir un laberinto para encerrar al Minotauro, engendro incontrolabe e insaciable, no solo fue creada una cárcel para el monstruo, también su morada, y el patíbulo para los condenados a convertirse en su alimento.

De igual modo que Dédalo, pero sin la amenaza de convertirse en recluso y sin el deseo de huir echando aEn el Laberinto (sin Minotauro) volar, pongo hoy la pimera piedra de este laberinto de palabras, pasadizo de ideas, para encerrar en él las vivencias que no merecen el olvido de mi memoria; para que esas sombrías paredes sean la casa de la lucidez manifiesta; para enjuiciarlas y someterlas a las miradas indiscretas de la Red; para que alimenten el mar indigesto de peces famélicos que navegamos.

Con un lenguaje menos simbólico trataré de ir constuyendo este laberinto sin Minotauro, criatura que merecía vivir pese a la dicha de su aberrante existencia, y que me reservo el derecho a resucitar cuando la ocasión lo requiera: darle muerte en combate cuerpo a cuerpo. De momento me inclino por la actitud pacífica del ingenioso constructor, libre de volar a otra isla con sus alas de cera. Espero no perderme.

Salud,

ZOI